Israel genocida

diciembre 30, 2008

No creo que haga falta volver a describir los hechos que han tenido lugar en Gaza durante los últimos tres días. Por el momento, trescientos cincuenta palestinos han muerto (por no hablar de los miles de heridos) a causa de una serie de ataques injustificados, desmesurados, financiados y apoyados por la mayor potencia democrática del mundo. Y ante esto la mitad del planeta parece permanecer impasible. Vivo en Madrid y aún recuerdo cuando dos millones de almas se echaron a la calle aquel 12 de Marzo de 2004 en repulsa por los atentados terroristas cometidos el día anterior. Pues bien, tan sólo un pequeño puñado de personas se concentró ayer frente a la embajada de Israel para exigir explicaciones del por qué de este otro terrorismo, el de Estado, que pasa ante nuestros ojos con mayor impunidad de la que debiera, a pesar de que el reguero de fuego y sangre que deja a su paso es perfectamente palpable en momentos como éste.

¿Dónde estaba el resto?, ¿el resto de conciencias que deberían haber estallado de rabia al ver esta masacre? Pues ni más ni menos que en la Plaza de Colón, escuchando al señor Rouco Varela decir que los principales males que aquejan a nuestra sociedad son el matrimonio homosexual y el aborto. ¡Lo que hay que oir! El hecho de “matar” a una pequeña célula dentro del vientre materno es un asesinato en toda regla (y las mujeres que lo hacen, poco menos que unas pecadoras) Pero, ¿que hay de los niños y las muejres que ese mismo día murieron bajo los escombros del bombardeo? ¿No merecen ser mencionados por Su Santidad? Bien estaría que por una vez dejasen de mirar su propio ombligo y destinasen el cepillo de la Iglesia a ayudar al pueblo palestino, si es que el tremendo bloqueo al que se está viendo sometido lo permite algún día. Al fín y al cabo, en eso consiste la caridad cristiana, ¿no?

Tampoco se puede dejar de prestar atención a las lindezas que la Ministra de Exteriores israelí soltó tras el ataque para tratar de justificar lo indefendible: “desafortunadamente, como en cualquier guerra, a veces también los civiles pagan el precio”. En primer lugar, no sé donde está escrito que el dolor deba recaer sobre la población inocente, cuyo único delito es no resignarse a ser unos refugiados más (por desgracia ya hay bastantes palestinos en esta situación) y permanecer en su tierra, resisitiendo el asedio de quienes se creen con derecho a arrebatársela.¡Si yo pensaba que la prioridad de los gobiernos era precisamente proteger a los civiles! En segundo lugar no sé qué clase de guerra es ésta, en la que de un lado se arrojan bombas y se movilizan tanques con las máximas prestaciones mientras que del otro se tiran piedras contra la frontera o se fabrican pequeños artefactos caseros. Y hasta que no nos demos cuenta de esta diferencia de intereses, de razones, de medios y de apoyos no podremos juzgar la situación como se merece y gritar entonces “¡Israel genocida!”

Villa Miseria

julio 3, 2008

En ocasiones me da por pensar en eso de la igualdad. La última vez fue el pasado viernes 27 de junio, mientras veía un reportaje del programa Callejeros. El periodista hizo un recorrido por las urbanizaciones de mayor lujo y ostentación de nuestro país, mostrando las distintas casas de la zona y, cómo no, a sus orgullosos dueños, que aspiraban a venderlas por la friolera de hasta diez millones de euros. Cientos y cientos de metros cuadrados de vivienda que dejaban bien claro a quién le sobraba el dinero y en qué había decidido invertirlo. Enormes pantallas de televisión que salían por arte de magia del suelo del jardín (que tenía su correspondiente piscina, por supuesto); escaleras enteras construídas con cristal de swarovski; muebles fabricados con materiales de lo más variopinto como el marfil, seguramente obtenido de algún colmillo de elefante africano… Una de las mansiones incluso contaba con una sala de cine en el sótano, con butacas, reposavasos y una extensa colección de películas. Y me pregunté entonces si quienes viven allí (o veranean, porque en muchos de los casos se tratan de segundas o terceras residencias) se sienten tan especiales, tan distintos de los demás, por no decir superiores, que ni siquiera pueden acudir a un multicine como el resto de los mortales. Y llegué a la conclusión de que, por desgracia, sí somos diferentes.

 

Al ver esto me fue imposible no sentir un profundo rechazo ante tal derroche, del que seguramente no disfrutan gracias a su laborioso y entregado trabajo sino a otro tipo de actividades truculentas. El verdadero esfuerzo no está hecho para ellos… pero sí para la mujer extranjera que trabaja en la lavandería de la casa (de todos es sabido que tener una habitación exclusivamente dedicada a hacer la colada y planchar la ropa es indispensable si quieres vivir en La Moraleja). Pero no, ella no podrá aspirar nunca a la mitad de la mitad de lo que poseen sus “señoritos”. Esta es la llamada igualdad. Igualdad de derechos, igualdad de oportunidades…cuesta imaginarlo. Pues ya lo dice el proverbio: “Tanto tienes, tanto vales”.

 

Tampoco pude evitar relacionarlo con el mayor de los contrastes: los barrios de chabolas. Esos que todos conocemos y a los que damos la espalda por pulcritud, por miedo, por prejuicios de toda clase. Allí hay gente que vive al límite, que no puede refrescarse del sofocante calor en una piscina privada, que no se permite malgastar ni un céntimo en un entretenimiento banal como es el cine (tienen preocupaciones más importantes como comer), que por muebles no tienen más que un pequeño fuego para cocinar y unos cuantos colchones… Esos barrios que de repente a “alguien” le da por derribar, como ocurrió hace unos meses en la Cañada Real de Madrid. Su excusa: porque hacen feo, porque no son legales, en definitiva, porque no se puede permitir que algo así manche nuestra apariencia de sociedad perfecta.

 

Pero a pesar de este discurso no pretendo bajo ningún concepto pecar de hipócrita. Soy consciente de que ninguna de las veces que mi cabeza se ha dignado a acordarse de las injusticias del mundo se ha traducido después en un acto de ayuda. Tengo por seguro que volveré a salir a la calle y que sucumbiré a las rebajas de verano, en un impulso consumista de adquirir aquello que no necesito, que no me hace falta. Y mientras me esté probando ese vestido que tanto me gusta (y que, por cierto, acabará en el fondo del armario como tantos otros) no me acordaré de los niños, ni del hambre, ni de las zonas marginales… Seré egoísta y pensaré sólo en mí, es más, me convenceré de que esa prenda de ropa me es imprescindible para estar más guapa, para ir a la moda y quién sabe qué mil razones estúpidas más.

 

Lo único que deseo algún día es conseguir tener siempre presente que mientras algunos se dedican a lucir de fiesta en fiesta preciosos trajes de terciopelo, otros sólo pueden aspirar a dormir sobre un trozo de lija. Y no sólo acordarme mientras veo un reportaje.

 

 

Audio: Villa Miseria – La Fuga


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